Es un país de nada más y nada menos que 1,500 millones de personas, donde absolutamente nada es pequeño, ni insignificante. Todo es intenso, caótico, vibrante… y profundamente memorable.
Tuve la oportunidad de visitar Nueva Delhi, y vivir una experiencia muy especial al alojarme en la Embajada de la República Dominicana. Desde el primer momento me abrieron las puertas, y el corazón, haciendo de una estadía corta, una experiencia cálida, cercana y sorprendentemente placentera.
De la India quería dos cosas muy claras: sentir la gran ciudad… y ver el Taj Mahal. Caminar un poco dentro del caos, observar, absorber… y luego encontrarme con una de las maravillas más icónicas del mundo.
Salí temprano en la mañana rumbo al Taj Mahal, acompañada de mi chofer. Lo recorrí completo, paso a paso. Sola… pero al mismo tiempo rodeada de gente, de miradas curiosas, y sí, también de monos que parecían parte del paisaje.
El Taj Mahal no decepciona. Deslumbra exactamente como lo imaginas; o incluso más. Es de esos lugares que hay que vivir al menos una vez: caminarlo, fotografiarlo… y simplemente detenerse a admirar su perfección.
Regresé hambrienta… y aquí viene la parte honesta: la comida no fue el highlight del viaje. Comí mal. Atiné a ir dos veces a un restaurante japones en un hotel.
Quizás por eso siento que tengo una deuda pendiente con la India. Porque su gastronomía es tan rica como su cultura, y definitivamente merece una segunda oportunidad, con más intención y curiosidad.
Pero si hay algo también intenso: las compras. Me adentré en distribuidores de joyas y telas, recordando a mi tía, quien mandaba a hacer piezas únicas en oro, plata y diamantes, construyendo una clientela fiel que esperaba cada regreso suyo desde la India, cargado de tesoros hechos a mano.
Las tiendas de estos distribuidores quedan en callejones polvorientos; cuando salí, un señor que estaba barriendo, mi tiró todo el polvo del piso sucio, en la cara. Nunca olvidaré esa sensación. Me dejo casi ciega.
Me encantaron los cojines. Me enamoré de ellos. Y en la India los hacen en absolutamente todos los estilos, telas y calidades. Son piezas llenas de carácter, color y detalle. Puedes comprar uno… o terminar llevándote diez.
En la embajada conocí a una sobrecargo de una aerolínea que viajaba constantemente y compraba en grandes cantidades para luego hacer trunk shows. Me contaba cómo la gente en su ciudad esperaba, literalmente, por horas, a que ella regresara con estas bellezas. Y lo entendí perfectamente. Y en Estados Unidos, los vendía bien caros.
La India tiene eso… te deja con ganas.
Me fui habiendo hecho todo lo que me propuse. Pero con la certeza de que aún me falta mucho por descubrir. Me queda pendiente Mumbai; una ciudad que dicen es igual de intensa, igual de grande… pero con otra energía.
Y sé que voy a volver. Porque hay destinos que no se visitan una sola vez… se repiten.
Y la India, definitivamente, es uno de ellos.

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